TRANSPARENCIA Y RENDICIÓN DE CUENTAS
Mesa 4: Formación y Educación
Observatorio por la Integridad, la Justicia y la Equidad
Dr. Nelson Parra
Resumen
La transparencia y la rendición de cuentas suelen entenderse como obligaciones propias del Estado, de los funcionarios públicos o de las instituciones que administran recursos colectivos. Sin embargo, ambas representan algo mucho más profundo: una cultura ética que debe ser aprendida y practicada. Una sociedad transparente no surge únicamente porque existan leyes, organismos de control o mecanismos de fiscalización; surge cuando sus ciudadanos han sido formados para comprender que ejercer una responsabilidad implica también estar dispuestos a explicar cómo se la ha ejercido.
Desde la perspectiva de la formación y la educación, este artículo propone que la transparencia debe ser entendida como un valor que atraviesa la vida pública y privada, mientras que la rendición de cuentas constituye la expresión práctica de una responsabilidad asumida. La familia, la escuela, la universidad, la Iglesia y las organizaciones sociales tienen, por tanto, una tarea fundamental: formar personas capaces de administrar autoridad, recursos y oportunidades con integridad y de responder responsablemente por sus decisiones.
Palabras clave: transparencia, rendición de cuentas, educación, integridad, responsabilidad, ciudadanía, ética.
1. Introducción: la transparencia comienza antes de llegar al poder
Cuando escuchamos las expresiones transparencia y rendición de cuentas, inmediatamente pensamos en gobiernos, presupuestos, contratos públicos, auditorías o funcionarios. Esta asociación es comprensible, pero insuficiente.
La corrupción que posteriormente lamentamos en las instituciones no comienza necesariamente cuando una persona llega a ejercer un cargo público. Muchas veces comienza mucho antes, cuando aprendemos que podemos actuar sin explicar, decidir sin consultar, administrar sin informar y equivocarnos sin asumir responsabilidad. Por ello, una pregunta fundamental para la educación contemporánea no debería ser solamente: ¿cómo controlamos a quienes ejercen poder?, sino también: ¿cómo formamos personas capaces de ejercerlo responsablemente?
Esta distinción resulta esencial. Ningún sistema de control, por sofisticado que sea, puede reemplazar completamente la formación del carácter. Las leyes pueden establecer límites; las auditorías pueden descubrir irregularidades; los organismos de control pueden exigir explicaciones. Pero una cultura de integridad requiere algo anterior: personas que hayan aprendido que dar cuenta de sus acciones no constituye una humillación, sino una expresión de responsabilidad.
La UNESCO ha señalado precisamente que la rendición de cuentas en educación supone que los distintos actores deben informar acerca del cumplimiento de las responsabilidades que les han sido confiadas, y advierte que este proceso debe entenderse como un medio para alcanzar mejores resultados y no simplemente como un mecanismo punitivo. (Unesco)
Desde esta perspectiva, transparencia y rendición de cuentas son también problemas educativos.
2. Transparencia: vivir sin necesidad de esconder
La transparencia puede definirse institucionalmente como la posibilidad de conocer información relevante sobre decisiones, procesos, utilización de recursos y resultados. Sin embargo, desde una perspectiva ética, significa algo todavía más profundo:
Transparencia es actuar de tal manera que nuestras decisiones puedan ser conocidas, explicadas y examinadas. No significa ausencia de privacidad. Tampoco significa que toda información deba ser pública. Existen legítimamente ámbitos reservados, confidenciales y personales. Significa que aquello que corresponde conocer a otros no debe ocultarse para evitar responsabilidad.
Esta distinción es fundamental. Una institución educativa transparente informa cómo administra sus recursos, explica sus procesos de selección, establece criterios claros de evaluación, evita privilegios indebidos y permite que las decisiones institucionales relevantes puedan ser comprendidas.
Una autoridad transparente no teme explicar por qué decidió, un docente transparente utiliza criterios conocidos para evaluar, un estudiante transparente no presenta como propio el trabajo de otra persona. un ciudadano transparente no busca beneficiarse mediante relaciones ocultas o privilegios.
La transparencia, entonces, no es solamente un procedimiento administrativo. Es una manera de relacionarnos con la verdad. Desde la perspectiva cristiana, esta idea encuentra una poderosa expresión en las palabras de Jesús: “Porque todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz” (Jn. 3:20-21).
La imagen bíblica es extraordinariamente pertinente: la integridad no teme a la luz.
3. Rendición de cuentas: responsabilidad que puede explicarse
Existe una diferencia importante entre transparencia y rendición de cuentas. La transparencia permite ver. La rendición de cuentas obliga a responder.
Una institución puede publicar información y, sin embargo, no asumir responsabilidad por lo que esa información revela. Por eso, transparencia sin rendición de cuentas corre el riesgo de convertirse simplemente en acumulación de documentos, informes y estadísticas.
Rendir cuentas significa poder responder preguntas fundamentales:
¿Qué responsabilidad recibí? ¿Qué hice con ella? ¿Qué resultados obtuve? ¿Qué recursos utilicé? ¿Qué salió mal? ¿Qué debo corregir?
La UNESCO sostiene que la responsabilidad educativa es compartida entre gobiernos, instituciones, docentes, familias, estudiantes y otros actores. Esto implica que una auténtica cultura de rendición de cuentas no debe limitarse a buscar culpables cuando algo fracasa, sino a establecer responsabilidades claras y mecanismos mediante los cuales cada actor pueda responder por aquello que verdaderamente le corresponde. (UNESCO)
La tradición bíblica contiene un principio similar. En la parábola de los talentos (Mt. 25:14-30), los siervos reciben diferentes recursos. Después de un tiempo, el señor regresa y les pide cuenta de aquello que les había confiado.
El principio trasciende el dinero: Todo lo que nos ha sido confiado genera responsabilidad. Así, debemos establecer que: Quien recibe autoridad debe responder por ella, quien administra recursos debe responder por ellos, quien dirige una institución debe responder por sus decisiones, quien educa debe responder por su influencia y quien ocupa una responsabilidad pública debe comprender que lo público nunca se convierte en propiedad personal por el simple hecho de administrarlo.
4. El problema educativo: aprendemos a ocultar antes que a responder
Aquí aparece uno de los mayores desafíos de nuestra cultura. Desde pequeños podemos aprender mecanismos para evitar responsabilidad. Veamos:
El niño rompe algo y responde: “Yo no fui.”
El estudiante no entrega una tarea y explica: “El profesor no me avisó.”
El funcionario incumple y responde: “Así se ha hecho siempre.”
La institución fracasa y responde: “La administración anterior tiene la culpa.”
Notemos que aquí, cambian las circunstancias, pero permanece el mismo mecanismo: trasladar la responsabilidad hacia otro.
Por eso la rendición de cuentas no puede enseñarse solamente mediante conferencias sobre corrupción. Debe aprenderse en experiencias cotidianas donde las personas descubran que equivocarse no necesariamente destruye la confianza, pero ocultar, manipular o negarse sistemáticamente a responder sí puede hacerlo.
Paulo Freire sostuvo que la educación posee una dimensión profundamente ética y que formar implica desarrollar sujetos capaces de relacionarse críticamente con su realidad (Freire, 1997). Desde esta perspectiva, educar para la integridad supone enseñar a las personas no solamente a identificar la corrupción de otros, sino también a examinar sus propias decisiones.
Aquí existe una diferencia crucial: Una cultura de castigo enseña a esconder los errores mientras que, una cultura de responsabilidad enseña a reconocerlos, corregirlos y aprender de ellos.
Rendir cuentas no debería significar únicamente comparecer cuando existe una acusación. Debería convertirse en una práctica ordinaria de instituciones saludables.
5. Educación y transparencia: formar ciudadanos que hagan preguntas
Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de preguntar.
¿Cómo se tomó esta decisión? ¿Cuánto costó? ¿Quién fue responsable? ¿Cuáles fueron los criterios? ¿Dónde están los resultados?
Preguntar respetuosamente no constituye deslealtad. Es parte de una ciudadanía responsable. Por ello, la educación debe formar no solamente profesionales competentes, sino personas capaces de comprender información pública, identificar conflictos de interés, reconocer prácticas injustas y participar responsablemente en los asuntos colectivos.
Martha Nussbaum ha advertido que una educación orientada exclusivamente hacia la productividad económica corre el riesgo de debilitar capacidades indispensables para la democracia, entre ellas el pensamiento crítico y la comprensión del otro (Nussbaum, 2010).
La transparencia necesita precisamente ciudadanos capaces de interpretar aquello que se hace público. No basta con publicar cien páginas de información que nadie comprende. La información debe ser accesible, comprensible, relevante y verificable.
Investigaciones del IIPE-UNESCO sobre sistemas de información educativa en América Latina han señalado precisamente la importancia de que los datos publicados sean claros, útiles, actualizados y comprensibles para las comunidades, y que la información se vincule con mecanismos efectivos de rendición de cuentas. (IIPED)
Por tanto, no existe verdadera transparencia cuando la información está disponible, pero resulta incomprensible para aquellos que tienen derecho a conocerla.
6. Las instituciones educativas también deben rendir cuentas
Sería contradictorio enseñar transparencia sin practicarla. Las instituciones educativas administran recursos económicos, oportunidades, becas, contrataciones, evaluaciones, promociones, reconocimientos y decisiones que afectan directamente la vida de las personas. Es por ello que, escuelas, colegios, universidades y centros de formación deberían convertirse en laboratorios de integridad.
Esto requiere procesos claros para contratación y promoción; criterios conocidos de evaluación; mecanismos para prevenir favoritismo; administración responsable de recursos; canales seguros para plantear inquietudes; prevención de conflictos de interés; y autoridades dispuestas a explicar sus decisiones.
El IIPE-UNESCO advierte que los riesgos de corrupción en educación pueden aparecer precisamente en áreas como financiamiento, contratación y promoción de personal, admisiones, adquisiciones, exámenes y administración de recursos. Por ello, la transparencia y la rendición de cuentas constituyen herramientas fundamentales para proteger la educación frente a prácticas corruptas. (IIPED)
Pero existe además una dimensión pedagógica. Cuando un estudiante observa que una institución reconoce un error y lo corrige, aprende integridad, cuando observa criterios iguales para todos, aprende justicia, cuando ve autoridades que presentan resultados y explican decisiones, aprende responsabilidad, cuando descubre privilegios, favoritismos y silencios institucionales, también aprende.
Las instituciones educan no solamente por aquello que enseñan, sino por aquello que practican.
7. De la vigilancia a la cultura de integridad
Existe el riesgo de convertir la transparencia en una sociedad de sospecha permanente. No necesitamos formar ciudadanos obsesionados con descubrir culpables. Necesitamos formar personas comprometidas con construir instituciones confiables. La rendición de cuentas correctamente entendida no comienza con la pregunta: “¿A quién castigamos?” Comienza preguntando: “¿Qué responsabilidad fue confiada y cómo fue administrada?”
Esta perspectiva permite pasar de una cultura exclusivamente fiscalizadora hacia una cultura de integridad. La confianza pública no significa ausencia de controles. Al contrario, las instituciones confiables establecen controles precisamente porque reconocen que ninguna persona debería administrar poder sin límites.
Pero el objetivo final no debería ser simplemente aumentar controles. Debería ser aumentar confiabilidad. Una sociedad madura necesita instituciones en las cuales las personas puedan confiar no porque nadie las vigila, sino porque existen procesos, valores y mecanismos que hacen posible verificar que las responsabilidades están siendo cumplidas.
8. Cinco aprendizajes que debemos incorporar desde la educación
Desde la Mesa de Formación y Educación, proponemos cinco principios que deberían atravesar nuestros procesos educativos:
- Enseñar que toda responsabilidad implica rendición de cuentas.
Desde una tarea escolar hasta la administración de recursos públicos, recibir una responsabilidad significa aceptar que posteriormente deberemos responder por ella. - Normalizar la pregunta.
Preguntar cómo se tomó una decisión no debería considerarse una amenaza a la autoridad. Las instituciones saludables pueden explicar sus decisiones. - Enseñar a reconocer los errores.
La integridad no significa nunca equivocarse. Significa no esconder deliberadamente el error y asumir responsabilidad por sus consecuencias. - Hacer de las instituciones educativas modelos de transparencia.
No podemos enseñar aquello que institucionalmente nos negamos a practicar. - Recuperar la dimensión moral de la responsabilidad.
La rendición de cuentas no existe solamente porque una ley la exige. Existe porque nuestras decisiones afectan a otras personas y porque administrar aquello que pertenece a todos constituye una responsabilidad ética.
Conclusiones
La transparencia y la rendición de cuentas son indispensables para combatir la corrupción, pero su verdadero potencial aparece cuando dejan de ser entendidas únicamente como mecanismos administrativos y comienzan a convertirse en principios culturales aprendidos desde la formación. No tendremos instituciones transparentes solamente porque aumentemos el número de auditorías. Tampoco construiremos una sociedad íntegra únicamente multiplicando sanciones. Necesitamos educar personas que comprendan que la autoridad no elimina la obligación de explicar; la aumenta.
Personas capaces de reconocer sus errores, instituciones dispuestas a mostrar sus procesos, ciudadanos capaces de preguntar, autoridades capaces de responder y comunidades que comprendan que rendir cuentas no debilita la confianza: cuando se hace correctamente, la construye.
La Escritura plantea una pregunta que atraviesa generaciones y que puede convertirse también en una pregunta para nuestra sociedad: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu administración” (Lc. 16:2). Tal vez allí se encuentra uno de los fundamentos más sencillos y poderosos de una cultura de integridad:
Quien recibe algo para administrar debe estar dispuesto a explicar qué hizo con aquello que recibió. Por eso, desde la educación, nuestro desafío no consiste solamente en formar personas que exijan transparencia de los demás. Consiste en formar una generación capaz de decir: “No tengo temor de rendir cuentas, porque he aprendido a vivir con integridad.”
Referencias
Brito, A. (2019). Información y transparencia: cuadros de indicadores de las escuelas en América Latina. Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación, UNESCO. (IIPED)
Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.
Hallak, J., & Poisson, M. (2007). Escuelas corruptas, universidades corruptas: ¿Qué hacer? Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación, UNESCO. (IIPED)
Nussbaum, M. C. (2010). Sin fines de lucro: por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores.
UNESCO. (2017). Rendir cuentas en el ámbito de la educación: cumplir nuestros compromisos. Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2017/8. UNESCO. (UNESCO)
UNESCO-IIPE. (s. f.). Ética y corrupción en la educación. Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación. (IIPED)