El llamado de la Iglesia a formar corazones satisfechos en Cristo en una cultura gobernada por el amor al dinero.
Mesa 1: Iglesia. Ecuador y América Latina
Cuando los medios de comunicación informan sobre nuevos casos de corrupción (esto es constatable en nuestro Ecuador y América Latina) normalmente centran la atención en las acciones y consecuencias a la vista: sobornos, peculado, contratos irregulares, enriquecimiento ilícito o abuso de poder.
La iglesia, como seguidores de Cristo, al igual que Jesús lo hacia durante su ministerio terrenal, estamos llamados a mirar profundamente y, con una cosmovisión bíblica.
La Palabra de Dios nos hace un constante llamando que antes de analizar las acciones, examinemos las motivaciones; antes de señalar el comportamiento, confrontemos el corazón, partiendo siempre de la triste premisa de que nuestro corazón es engañoso y con una inclinación al pecado, así que la apariencia de piedad o rectitud puede ser ilusoria.
Por eso, cuando hablamos de corrupción es prudente y necesario ir más allá y para una verdadera sanidad y transformación del corazón, afrontar el verdadero origen de ese problema: la avaricia.
Seamos honestos y admitamos que la corrupción rara vez comienza con una oportunidad política o económica donde somos “empujados” a una acción no lícita como si no la hubiéramos visto venir; nunca es así, la corrupción empieza mucho mucho antes, cuando el corazón deja de encontrar satisfacción en Dios y en lo que Dios ha provisto y la persona empieza a buscar seguridad, identidad y poder en las riquezas, sobre todo si aparentan poder conseguir rápida y fácilmente.
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero; por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores.” (1 Timoteo 6:10)
Es importante observar que Pablo no afirma que el dinero sea malo en sí mismo. El problema es el amor desordenado hacia el dinero es esta codicia o avaricia la que transforma un buen recurso en un falso dios por tanto, es calro que cuando el dinero, el poder, la posición o la riqueza ocupa el lugar que solo Dios debe ocupar, el ser humano comienza a justificar decisiones que antes consideraba impensables como que empieza a mentirse a si mismo validando la codicia de su propio corazón que le empuja a la corrupción.
Por ello, la lucha contra la corrupción no puede limitarse al fortalecimiento de controles externos, porque estos nunca serán suficientes ni efectivos hasta que se haya atacado el problema oculto, la verdadera lucha empieza formando corazones libres de la avaricia.
Uno de los errores más frecuentes al tratar de entender el problema de la avaricia es limitarlo a un simple problema financiero. La Escritura la presenta como una condición espiritual mucho más profunda. “Mirad y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” (Lucas 12:15)
El término griego pleonexia (πλεονεξία) traducido como avaricia o codicia, significa literalmente “querer siempre más es decir (por implicación) fraude, extorsión”. No describe únicamente el deseo de poseer riqueza, sino la incapacidad de sentirse satisfecho. No agradecer ni disfrutar lo que Dios me ha dado y querer más, incluso cuando ese “más” implica tomar algo que no es para mí, tomar algo que le corresponde o lo pertenece a otro.
R.C. Sproul decía que toda idolatría nace cuando una creación de Dios, aunque buena, ocupa el lugar que le corresponde al Creador.“La idolatría consiste en atribuir valor absoluto a aquello que Dios creó para ser un medio y no un fin.”
La avaricia es precisamente eso: convertir el dinero, el poder, la posición, el prestigio, o la fama en un sustituto funcional de Dios.
La Biblia nos da una respuesta clara y directa frente a la pregunta sobre qué puede eliminar la avaricia, y es el contentamiento.
“Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento.” 1 Timoteo 6:6 NBLA
Para nosotros como iglesia, pasajes como estos deberían provocarnos la pregunta: ¿Cuánto más será suficiente?
Si cartas de Pablo como la enviada a los Colosenses nos enseña que Cristo es y debe ser el TODO del creyente, y que, agregarle cualquier cosa adicional a Cristo es reconocer que Él no es suficiente, entonces, si yo como cristiano no estoy contento con Cristo y lo que me ha dado, entonces tengo un problema muy grande en mi corazón y en mi relación con Él.
Algunos podían decir, que entonces el cristianismo funciona mejor cuando aprendemos a “tener menos” y aunque eso podría ser positivo en un mundo ansioso por más, la verdad es que el cristianismo bíblico no combate la codicia únicamente exhortando a “tener menos”, vivir en mediocridad o un conformismo simplista. La respuesta bíblica consiste en aprender a estar satisfechos en Cristo, agradecido con lo que Él, en un momento y circunstancias, ha provisto como suficiente y adecuado para nuestra vida como un medio para forjar nuestro corazón a su imagen.
Pablo en su carta a los Filipenses es claro “He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación.” (Filipenses 4:11). Debemos resaltar la expresión “He aprendido” lo que infieres a un proceso, un caminar, un día a día frente a cualquier circunstancia y condición externa.
Pablo nos permite comprender que el contentamiento no surge espontáneamente, al menos no de un corazón que aun es esclavo del pecado y la maldad; sino que es una disciplina espiritual que se cultiva mediante la confianza en la providencia y provisión de Dios.
John Piper, en varias de sus enseñanzas, insiste repetidamente en que la raíz de muchas formas de pecado es la incapacidad de encontrar nuestra máxima satisfacción en Dios.“Dios es más glorificado en nosotros cuando nosotros estamos más satisfechos en Él.” Desde esta perspectiva, la avaricia no es simplemente querer más se puede expresar enfáticamente es creer que el “tener más” puede ofrecer aquello que únicamente Dios puede dar: seguridad, identidad, paz y esperanza.
Lo anterior nos lleva de regreso a la pregunta: ¿cuánto más necesitas para que sea suficiente?
Aquí aparece uno de los grandes desafíos de la Iglesia latinoamericana, en donde el choque con la dura realidad de nuestras poblaciones, la necesidad, la falta de recursos, la carencia, que parecen siempre estar presentes, se crea fácilmente la idea tentadora de que conseguir más y cumular será la manera de encontrar bienestar y satisfacción.
Pero espiritualmente el desfío es mayor, porque esté o no presente la carencia, toda persona sirve inevitablemente a aquello que considera su mayor tesoro. “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:21), “No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Mateo 6:24). Cabe destacar que no dice que sea difícil, dice que es imposible.
La corrupción aparece cuando nuestra lealtad deja de pertenecer al Reino de Dios y comienza a pertenecer al dinero, al prestigio o al poder.
En nuestro moderno mundo accidental la idolatría contemporánea rara vez adopta la forma de imágenes de piedra. Hoy se manifiesta en aquello que gobierna nuestras decisiones. Entonces, aquello que controla tus decisiones prácticas es tu verdadero dios.
La pregunta que la Iglesia debe plantearse no es solamente cuánto dinero poseen sus miembros, sino qué lugar ocupa el dinero en sus afectos, prioridades y decisiones.
La Iglesia frente a una cultura del éxito
Vivimos en una cultura donde el éxito suele medirse por tres indicadores: 1) cuánto poseemos; 2) cuánto consumimos; y, 3)cuánto poder acumulamos.
Esta narrativa ha logrado infiltrarse incluso en muchos espacios cristianos. Aunque no se reconozca explícitamente, para algunos el éxito ministerial se mide por edificios, capacidad de planteamiento en escenarios o cantidad de asistentes incluso el éxito personal “bendición” o “unción” se mide por patrimonio, vehículos o reconocimientos o incluso títulos eclesiales superiores.
Sin embargo, Jesús presentó un modelo completamente distinto. Nuestro Señor, el dueño real de todo, nunca llamó exitosas a las personas por lo que acumulaban, sino por aquello que entregaban.
La parábola del rico insensato (Lucas 12:13-21) ilustra esta verdad. Sin duda un hombre exitoso según los parámetros económicos de su tiempo, pero a quien Dios lo llamó necio.
¿Por qué? Porque había aprendido a almacenar bienes, pero nunca aprendió a enriquecer su alma delante de Dios.
La Iglesia como escuela de una economía del Reino
Uno de los grandes aportes que la Iglesia puede ofrecer a una sociedad marcada por el consumismo es recuperar una economía basada en el Reino de Dios.
El discipulado cristiano debe incluir una formación seria sobre el uso de los recursos materiales, la mayordomía, la generosidad y la justicia económica. Lo cual implica enseñar a los creyentes acerca de administración fiel de los recursos; el consumo responsable; el rechazo a la corrupción cotidiana; la práctica de la honestidad financiera; y, la solidaridad con los más vulnerables.
Estamos seguros que la Iglesia debe formar personas cuya relación con el dinero esté gobernada por la gratitud y el contentamiento, no por la ansiedad.
Muchos creyentes conocen poco acerca de lo que la Biblia enseña sobre riqueza, trabajo, ahorro, generosidad y mayordomía, poco al menos en el verdadero y desinteresado sentido que la Palabra nos plantea de ver las riquezas como recursos para un fin mayor, el amor y el servicio.
La formación cristiana debe recuperar estos temas desde una perspectiva integral. Promover estilos de vida sencillos y propiciar la generocidad renunciando a la queja. Porque la misma esencia del Evangelio desafía permanentemente la cultura del exceso. Como observa Richard Foster: “La simplicidad es una declaración de confianza en que Dios proveerá.” La administración responsable de recursos, el manejo prudente de deudas y la economía solidaria son herramientas prácticas para combatir la idolatría del consumo.
La Iglesia entonces, no solo debe enseñar generosidad, debe practicarla, partiendo de lo poco que tenga hasta que sea hallada digna de que se le confíe más. Así, una comunidad generosa comunicará con hechos que el dinero nunca ocupará el lugar de Cristo.
La Iglesia enfrenta desafíos particulares en nuestro contexto como: la influencia creciente del consumismo; la normalización del endeudamiento; la identificación del éxito con prosperidad económica; la presión cultural por aparentar bienestar; la tentación de adaptar el mensaje cristiano a la lógica del mercado. Sin embargo, también existe una enorme oportunidad. En un continente cansado de corrupción y desigualdad, una Iglesia formada en contentamiento, generosidad e integridad puede convertirse en un testimonio profundamente contracultural. Después de todo, el discipulado auténtico siempre transforma el sistema de valores del creyente. No cambia solamente lo que hace, cambia aquello que ama y atesora.
A manera de conclusión podemos decir que un corazón satisfecho es el mejor antídoto contra la corrupción
La corrupción no comienza cuando alguien acepta un soborno para ganarse un “extra”, comienza mucho antes. Comienza cuando el corazón deja de encontrar satisfacción en Dios y se deriva hasta esta sutil pero destructiva idolatría. Por ello, el llamado de la Iglesia no consiste únicamente en denunciar actos corruptos. Consiste en formar discípulos cuyo mayor tesoro sea Cristo y el servicio a él. Cuando una comunidad aprende el contentamiento, descubre que ya no necesita vender su integridad para ganar aquello que el mundo promete porque ya tiene un tesoro mucho más valioso que cualquier cosa que el mundo podría ofrecer y que sin duda es lo que más necesita.
“Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.” (Hebreos 13:5)
Una Iglesia satisfecha en Cristo será una Iglesia libre para servir, libre para compartir y libre para vivir con integridad y libre de estar endeudada con el mundo. Por lo que, una Iglesia así tiene el potencial de convertirse en uno de los testimonios más poderosos contra la corrupción en nuestra sociedad aun desde la austeridad.
Por: Ps. David Dávalos
Bibliografía
Baucham, Voddie. Fault Lines: The Social Justice Movement and Evangelicalism’s Looming Catastrophe. Salem Books.
Chan, Edmund. Discipleship That Fits. Graceworks.
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Ortberg, John. When the Game Is Over, It All Goes Back in the Box. Zondervan.
Piper, John. Desiring God. Multnomah. https://www.desiringgod.org/articles/there-is-no-greater-satisfaction?lang=es
Sproul, R. C. The Holiness of God. Tyndale House. https://es.ligonier.org/rtm/no-a-los-idolos/
Willard, Dallas. The Divine Conspiracy. HarperOne.
Wright, Christopher J. H. The Mission of God’s People. Zondervan.
Stott, John. Issues Facing Christians Today. Zondervan.
Documentos de referencia
- OECD. Public Integrity in Ecuador. Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
- Movimiento de Lausana. State of the Great Commission Report (secciones sobre ética pública e integridad).
- Fides International. ¿Necesitamos un discipulado de integridad y responsabilidad cívica en Latinoamérica? (2020).