Dr. Nelson Parra Jerez
Observatorio Cristiano por la Transparencia, Integridad y la Justicia

Resumen

La corrupción suele abordarse cuando ya se ha convertido en una conducta visible: fraude, soborno, abuso de poder, favoritismo o apropiación indebida de recursos. Sin embargo, mucho antes del acto corrupto existe un proceso de formación moral en el que las personas aprenden qué pueden justificar, qué están dispuestas a tolerar y hasta dónde pueden separar el éxito de la integridad. Este artículo sostiene que la lucha contra la corrupción no puede limitarse al fortalecimiento de leyes, controles y sanciones; requiere también una estrategia educativa orientada a la formación del carácter. Educar para la integridad implica superar la mera transmisión de valores y construir ambientes familiares, escolares, universitarios, eclesiales y sociales donde la honestidad, la responsabilidad, el respeto, la justicia y el coraje moral sean aprendidos mediante la práctica y el ejemplo. Desde una perspectiva cristiana, la educación integral encuentra en el discipulado un paradigma de formación que no se limita a transmitir conocimientos, sino que busca transformar la manera de vivir. Una sociedad íntegra no se construye únicamente aumentando la vigilancia sobre sus ciudadanos, sino formando ciudadanos capaces de actuar correctamente aun cuando nadie los vigila.

Palabras clave: integridad, educación, corrupción, carácter, ética, ciudadanía, coraje moral, formación cristiana.

Introducción. La corrupción comienza antes del delito

Cuando una sociedad enfrenta la corrupción, normalmente lo hace cuando el daño ya se ha producido. Se crean leyes, organismos de control, auditorías, sistemas de transparencia y mecanismos de sanción. Todos ellos son necesarios. Sin embargo, actúan principalmente sobre la manifestación de un problema cuya gestación comenzó mucho antes.

Antes del funcionario que acepta un soborno hubo una persona que aprendió a justificar determinadas ventajas. También, del profesional que falsifica información hubo un estudiante que construyó una determinada relación con la verdad o del ciudadano que utiliza una posición de poder para favorecer a familiares o amigos hubo alguien que aprendió que las reglas pueden flexibilizarse cuando existe suficiente influencia.

Esto no significa establecer una relación automática entre una falta escolar y un futuro acto de corrupción plantearlo así sería injustificado. Nos conduce a reconocer algo más profundo que las decisiones éticas así mismo tienen una historia formativa.

Por ello, combatir la corrupción es ciertamente una tarea jurídica, política e institucional, pero es también -y quizás antes que todo ello- una tarea educativa.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sostiene que el sistema educativo desempeña un papel fundamental en la formación temprana de normas de integridad y que los estudiantes necesitan desarrollar conocimientos y capacidades que les permitan resistir prácticas corruptas. La educación para la integridad, por tanto, no consiste únicamente en explicar qué es la corrupción, sino en preparar ciudadanos capaces de responder éticamente cuando se encuentren frente a ella (OECD, 2018, 2020).

Una sociedad no se vuelve íntegra solamente porque castigue mejor la corrupción, sino porque forma personas que no necesitan ser vigiladas para hacer lo correcto.

1.     La integridad se aprende antes de necesitarse

Con frecuencia hablamos de la integridad como si apareciera espontáneamente cuando una persona llega a la vida adulta. Esperamos que el funcionario sea honesto, el empresario actúe responsablemente, el juez sea imparcial y, el profesional rechace aquello que compromete su ética pero estas capacidades no comienzan el día en que alguien recibe un cargo esto se forman mucho antes.

La familia, la escuela, la universidad, la iglesia y la comunidad constituyen espacios donde las personas desarrollan maneras de relacionarse con la verdad, la autoridad, las normas, los bienes comunes y los demás.

Thomas Lickona (1991), uno de los referentes contemporáneos de la educación del carácter, insiste en que la escuela no solamente comunica información: puede constituirse en una comunidad moral en la que respeto y responsabilidad son enseñados mediante las relaciones, la disciplina, la reflexión y el ejemplo de los educadores.

Por ello, aparentemente pequeñas decisiones educativas tienen relevancia moral. Copiar una tarea y considerarlo insignificante. Presentar como propio el trabajo de otra persona. Mentir para evitar una consecuencia. Buscar una influencia personal para obtener aquello que corresponde conseguir mediante un procedimiento. Justificar una irregularidad porque “todo el mundo lo hace”. Celebrar a quien encuentra la manera de evadir una norma.

Ninguna de estas conductas determina inevitablemente el futuro de una persona. Pero cuando se normalizan, pueden contribuir a formar mecanismos de justificación que debilitan progresivamente la responsabilidad moral.

Albert Bandura (2016) denominó desconexión moral a los procesos mediante los cuales las personas pueden desvincular sus estándares morales de determinadas conductas y encontrar explicaciones que les permitan realizarlas sin experimentar plenamente la autocensura que normalmente producirían.

Los actos de corrupción rara vez comienzan siendo grandes. Muchas veces han sido o son precedidos por pequeñas deslealtades que aprendimos a justificar.

2.     El currículo invisible de la corrupción

Existe un currículo escrito siendo aquello que una institución declara que enseñará. Pero existe también un currículo que no aparece necesariamente en los programas académicos y que, sin embargo, puede resultar extraordinariamente poderoso y es lo que los estudiantes aprenden observando cómo funciona realmente la institución.

Una escuela puede enseñar que la honestidad es importante y, simultáneamente, minimizar el plagio de igual forma puede hablar de igualdad y conceder privilegios dependiendo de quién sea la familia del estudiante. Exigir puntualidad mientras sus autoridades incumplen sistemáticamente sus propios compromisos o hablar y exigir respeto mientras tolera humillaciones y, por último, enseñar responsabilidad y esconder los errores institucionales en lugar de reconocerlos estas dicotomías señaladas aparecen como una contradicción que transmite un mensaje.

En diferentes ámbitos profesionales se ha estudiado precisamente la influencia del llamado currículo oculto: las normas, comportamientos y prácticas que se aprenden por la experiencia cotidiana, incluso cuando contradicen la enseñanza ética formal. Investigaciones en educación profesional han mostrado cómo los ambientes institucionales pueden convertirse en espacios donde también se absorben prácticas éticas o antiéticas. Por eso propongo hablar también de un currículo invisible de la integridad.

La pregunta no es únicamente qué valores aparecen escritos en la misión institucional, sino qué conductas son premiadas, cuáles son toleradas y cuáles tienen consecuencias. Una institución no enseña integridad solamente mediante aquello que declara también la enseña mediante aquello que premia, permite, corrige o decide ignorar. Esto coloca una responsabilidad particular sobre padres, profesores, líderes religiosos y autoridades educativas. La enseñanza ética pierde poder cuando quien la comunica vive sistemáticamente de manera contraria a ella.

Un estudio sobre integridad y coraje moral en educación de enfermería identificó precisamente como elementos esenciales el modelaje de integridad por parte de los docentes y la creación de ambientes educativos caracterizados por altos estándares éticos (Eby et al., 2013). Nuestros estudiantes escuchan nuestras clases, pero también leen nuestras vidas.

3.     De enseñar valores a formar virtudes

Aquí encontramos una de las grandes limitaciones de cierta educación ética. Podemos enseñar la definición de honestidad sin formar personas honestas. Un estudiante puede obtener una calificación perfecta en un examen sobre ética y, paradójicamente, hacer trampa para conseguirla. Porque conocer el bien y habituarse a practicarlo no son exactamente la misma cosa.

La tradición de la ética de las virtudes nos recuerda que el carácter se forma mediante prácticas sostenidas dentro de comunidades que poseen bienes, modelos y estándares compartidos. MacIntyre (2007), en su recuperación contemporánea de la tradición de las virtudes, insiste en la importancia de las prácticas y comunidades para comprender la formación moral. Esto obliga a transformar la pregunta educativa. No solamente: ¿qué valores conoce el estudiante? sino: ¿qué clase de persona está aprendiendo a ser?

Educar para la integridad requiere conocimiento moral, pero también práctica moral esto significa ofrecer oportunidades reales para decir la verdad, asumir responsabilidades, reconocer errores, reparar daños, respetar procedimientos, administrar recursos, enfrentar dilemas y experimentar las consecuencias de las propias decisiones.

En 2024, UNESCO y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito publicaron conjuntamente un manual para la enseñanza de la integridad en educación secundaria. Su planteamiento integra conocimientos, habilidades, actitudes y valores, y propone actividades dentro y fuera del aula orientadas a capacitar a los jóvenes para rechazar prácticas corruptas y participar activamente en sociedades más justas.

La integridad no puede ser solamente un contenido del currículo, debe convertirse en una experiencia del currículo.

4.     El coraje es la dimensión olvidada de la integridad

Existe además una competencia que pocas veces incluimos cuando hablamos de educación ética: el coraje moral ya que no basta saber qué es correcto. Hay que estar preparado para hacer lo correcto cuando hacerlo cuesta por lo que esta distinción es fundamental. Sería relativamente fácil ser honesto cuando la honestidad no amenaza ningún interés. El verdadero dilema aparece cuando decir la verdad puede costarnos una oportunidad porque denunciar una irregularidad puede deteriorar una relación así también, negarnos a participar en una práctica indebida puede excluirnos de un grupo como respetar un procedimiento puede significar perder una ventaja. Por eso la educación ética necesita formar no solamente discernimiento moral, sino también coraje moral.

La investigación en educación profesional ha propuesto precisamente que el coraje moral sea considerado un objetivo educativo formal: reconocer una obligación ética no garantiza que la persona tenga la capacidad de actuar cuando percibe riesgos o represalias (Caldicott, 2023).

La integridad no se demuestra solamente cuando sabemos qué es correcto, sino cuando estamos dispuestos a hacerlo, aunque hacerlo tenga un precio.

Necesitamos, por tanto, estudiantes que aprendan a preguntar no solamente “¿qué me conviene?”, sino también “¿qué es correcto?”; no solamente “¿puedo hacerlo?”, sino “¿debo hacerlo?”; y no solamente “¿me descubrirán?”, sino “¿en qué clase de persona me convierte esta decisión?”

5.     La perspectiva cristiana, educar es formar discípulos

La tradición cristiana aporta a esta discusión una comprensión particularmente rica de la formación.

En Mateo 28:19, Jesús no encomienda simplemente la transmisión de información religiosa ordena hacer discípulos. El versículo siguiente completa la idea “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt 28:20). Podemos afirmar que existe una diferencia profunda entre saber y guardar.

El discipulado cristiano comprende la educación como formación integral de la persona ya que el ejercicio pleno de la verdad debe alcanzar conocimiento, carácter y conducta. Por ello, una institución educativa cristiana no puede considerar suficiente que sus estudiantes conozcan doctrina, historia, Biblia o teología. La pregunta inevitable es qué clase de hombres y mujeres están siendo suscitados y emergen de ese proceso formativo.

El profeta Miqueas resume de manera extraordinaria esta integración entre fe y ética: “hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Mi 6:8). Jesús, asimismo, confrontó una religiosidad capaz de mantener cuidadosamente determinadas apariencias mientras descuidaba “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mt 23:23).

La educación cristiana pierde credibilidad cuando forma personas capaces de hablar correctamente acerca de Dios, pero incapaces de actuar con integridad delante del prójimo.

La integridad cristiana no consiste en perfección moral. Implica coherencia, verdad, responsabilidad, arrepentimiento y disposición para corregir el rumbo cuando se ha fallado. Por eso también debemos enseñar algo que nuestra cultura frecuentemente considera debilidad que es el  reconocimiento del error.

Una comunidad íntegra no es aquella en la que nadie se equivoca es aquella en la que el error no necesita convertirse en mentira para proteger la reputación.

6.     Cinco desplazamientos necesarios en la educación para la integridad

Si realmente deseamos educar para la integridad, necesitamos pasar de enseñar valores a practicarlos.

Los dilemas éticos, estudios de caso, proyectos comunitarios y experiencias de responsabilidad permiten que la ética salga de la abstracción subjetiva y pasen de controlar conductas a formar conciencia. Las normas son necesarias, pero el objetivo final no puede ser producir personas que se comporten con corrección solamente porque existe vigilancia. Aún de castigar el error a enseñar responsabilidad. La consecuencia educativa debe ayudar a comprender el daño, asumir responsabilidad y, cuando sea posible, repararlo. Incluso de premiar únicamente resultados a valorar también los medios. Una cultura obsesionada exclusivamente con el éxito puede terminar transmitiendo que alcanzar la meta importa más que la manera de alcanzarla. Asimismo, de hablar de integridad a construir instituciones íntegras. Transparencia, procedimientos claros, rendición de cuentas y coherencia institucional constituyen también un hecho pedagógico esta última dimensión es especialmente importante.

La UNESCO ha documentado que la corrupción puede penetrar el propio sistema educativo mediante fraude académico, favoritismo, malversación, contrataciones irregulares y uso indebido de recursos. Por ello, combatir la corrupción en educación exige integrar transparencia y rendición de cuentas en los sistemas educativos mismos.

No podemos educar convincentemente para la integridad y la transparencia desde estructuras que no están dispuestas a practicarla.

7.     Educar hoy al ciudadano que decidirá mañana

Cada aula contiene una dimensión de futuro que fácilmente olvidamos. Allí se encuentran quienes mañana administrarán dinero que no les pertenece, contratarán personal, dirigirán empresas, enseñarán a otros, ejercerán todo tipo de profesiones, administrarán justicia, ocuparán posiciones públicas como también puestos de elección popular, liderarán iglesias y organizaciones sociales y, quienes, probablemente, alguna vez estarán frente a una decisión en la que nadie sabrá inmediatamente qué hicieron.

Por eso educar para la integridad requiere la participación coordinada de familia, escuela, universidad, iglesia, Estado y sociedad civil.

La OCDE señala que, además del aprendizaje en el aula, las experiencias de aprender haciendo contribuyen al desarrollo de competencias de integridad en los jóvenes. Necesitamos entonces crear espacios donde los estudiantes puedan practicar participación ciudadana, rendición de cuentas, administración responsable, resolución ética de conflictos, solidaridad, servicio y toma de decisiones.

No estamos formando solamente buenos estudiante estamos formando futuros custodios del bien común.

Cuando nadie está mirando, a manera de conclusión

El futuro ético de una nación no se decide únicamente en sus tribunales, contralorías, fiscalías o parlamentos se decide, aun silenciosamente cada mañana en hogares, escuelas, colegios, universidades, iglesias y comunidades.

Allí se aprende qué significa decir la verdad, se descubre si las reglas son principios o solamente obstáculos que deben evitarse, se aprende si el poder existe para servir o para obtener privilegios, se descubre si reconocer un error produce vergüenza o crecimiento, se aprende si el éxito justifica cualquier medio. Y allí comenzamos a decidir qué clase de sociedad construiremos.

Por supuesto, la educación por sí sola no eliminará la corrupción es necesario instituciones fuertes, legislación adecuada, transparencia, sistemas de control, justicia independiente, rendición de cuentas y consecuencias efectivas. Pero ninguna arquitectura institucional puede sustituir completamente la formación de la conciencia.

Las cámaras pueden observar conductas. Las auditorías pueden detectar irregularidades. Las leyes pueden establecer límites. Las sanciones pueden disuadir, pero ninguna de ellas puede ocupar permanentemente el lugar del carácter.

Por eso, educar para la integridad significa formar personas capaces de hacer lo correcto no solamente porque existe una norma, una autoridad o una sanción, sino porque han comprendido que su carácter vale más que cualquier ventaja obtenida mediante una transgresión.

Quizá allí comienza una de las luchas más profundas contra la corrupción: no cuando conseguimos que una persona tema ser descubierta, sino cuando formamos una conciencia que ya no necesita esconderse.

Referencias

  • Bandura, A. (2016). Moral disengagement: How people do harm and live with themselves. Worth Publishers.
  • Caldicott, C. V. (2023). Revisiting moral courage as an educational objective. Academic Medicine, 98(8), 873–875. https://doi.org/10.1097/ACM.0000000000005239
  • Eby, R. A., Hartley, P. L., Hodges, P. J., Hoffpauir, R., Newbanks, S., & Kelley, J. H. (2013). Moral integrity and moral courage: Can you teach it? Journal of Nursing Education, 52(4), 229–233. https://doi.org/10.3928/01484834-20130311-01
  • Lickona, T. (1991). Educating for character: How our schools can teach respect and responsibility. Bantam.
  • MacIntyre, A. (2007). After virtue: A study in moral theory (3rd ed.). University of Notre Dame Press.
  • Organisation for Economic Cooperation and Development. (2018). Education for public integrity: Teaching on anti-corruption, values and the rule of law. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/133291ea-en
  • Organisation for Economic Co-operation and Development. (2020). OECD public integrity handbook. OECD Publishing.
  • United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization, & United Nations Office on Drugs and Crime. (2024). Empowering students for just societies: A handbook to teach integrity in secondary schools. UNESCO & UNODC.
  • Texto bíblico: Mateo 28:19–20; Miqueas 6:8; Mateo 23:23.

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