Por: Ps. David Dávalos. Mesa 1: Iglesia.

Una de las señales más visibles de la crisis moral de una sociedad es la forma en que trata aquello que pertenece a todos.

Mientras lo público implica algo “de todos” muchas veces también se percibe como “de nadie”, aparece el descuido, el abuso, la corrupción y la destrucción del bien común. Parques abandonados, escuelas deterioradas, servicios públicos usados irresponsablemente y recursos estatales desviados son síntomas de una cultura que ha perdido el sentido de mayordomía colectiva.

Sin embargo, desde una perspectiva bíblica, la realidad es completamente distinta.

La Escritura enseña que todo pertenece a Dios (Salmo 24:1), y que los seres humanos somos administradores responsables de aquello que Él ha puesto bajo nuestro cuidado. Esto incluye no solamente la vida personal o familiar, sino también los espacios y recursos que compartimos como comunidad.

Por esta razón, cuidar lo público no es simplemente una obligación cívica: es una expresión de fidelidad espiritual.

Jesús afirmó un principio que conecta directamente con esta responsabilidad: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel.” (Lucas 16:10). La forma en que tratamos lo que parece pequeño -una calle, un parque, un servicio público, un recurso comunitario- revela la condición profunda del corazón.

En un contexto como el de Ecuador y América Latina, donde la corrupción estructural ha debilitado la confianza en las instituciones, la iglesia tiene una oportunidad histórica: formar creyentes que, como ciudadanos, vivan la mayordomía del bien común como parte de su discipulado cristiano.

La Biblia presenta la creación como un espacio confiado por Dios al cuidado humano.

En Génesis 1:28, Dios entrega al ser humano la responsabilidad de administrar la tierra. Este mandato, conocido como mandato cultural, implica desarrollar, cuidar y ordenar la creación de manera que refleje el carácter del Creador. Podríamos inferir entonces que la mayordomía es el reconocimiento de que en última instancia nada nos pertenece, todo nos ha sido confiado por Dios para administrarlo y cumplir Su propósito según Su voluntad.

Desde esta perspectiva, lo público no es simplemente una estructura política o administrativa. Es parte del espacio de responsabilidad que Dios ha dado a la humanidad.

Esto significa que los recursos públicos, las instituciones, los servicios públicos como los servicios privados que dan un servicio púbico (transporte urbano) y, los espacios comunitarios son también parte de aquello que debe ser administrado con integridad. Si entendemos esto, entendemos que el descuido de lo público no es solamente un problema social; es un problema espiritual.

John Stott señalaba que el Evangelio no transforma únicamente la vida privada, sino también la forma en que participamos en la vida de la sociedad. El señorío de Cristo abarca todas las áreas de la vida humana, incluyendo nuestra responsabilidad pública.

La responsabilidad implica reconocer que nuestras decisiones tienen impacto en otros. El apóstol Pablo enseña que el creyente debe procurar el bien de los demás y no solamente el suyo propio (Filipenses 2:4) pero vivir con responsabilidad en contextos marcados por corrupción requiere algo más: coraje moral.

Cabe reconocer que muchas sociedades o comunidades cristianas nominales han perdido la valentía de vivir contraculturalmente, una visión más valiente implica entender que la fe bíblica produce hombres y mujeres que están dispuestos a permanecer firmes aun cuando la cultura camina en dirección opuesta. Cuidar lo público requiere ese tipo de valentía rechazar prácticas corruptas, denunciar injusticias y, actuar con honestidad incluso cuando tiene costo personal.

C.S. Lewis señalaba que las sociedades se deterioran cuando se pierde la noción de responsabilidad moral compartida. La integridad de una nación depende finalmente de la integridad de sus ciudadanos. Cuando nadie se siente o se hace responsable, el sistema entero se debilita.

Para el creyente entonces, la comprensión madura de todo lo previo empieza con instalar la idea de que lo público es “mi casa”, porque le pertenece a Dios quien me lo ha confiado y por tanto merece cuidado, respeto y defensa.

En sociedades latinoamericanas donde una parte significativa de la población se identifica como cristiana, la iglesia no puede permanecer al margen del problema de la corrupción y el deterioro del bien común.

El discipulado cristiano debe incluir la formación de creyentes que vivan su fe en todas las dimensiones de la vida, incluyendo la responsabilidad cívica y social.

La iglesia tiene tres roles fundamentales en este proceso. La formación del carácter, las iglesias deben formar discípulos que comprendan que su fe afecta y se evidencia en su trabajo, en su ciudadanía y, en su conducta pública. Modelar integridad institucional,las iglesias deben practicar la transparencia financiera, la rendición de cuentas, el liderazgo responsable como ejemplo de cuidado de lo público y, en especial en sus comunidades inmediatas, por último, inspirar compromiso social, los creyentes deben entender que participar en la construcción del bien común es parte de su llamado cristiano y la espiritualidad auténtica no se limita al templo, se manifiesta en la forma en que vivimos en el mundo.

Y desde esa perspectiva la iglesia, como parte de la formación de nuevas generaciones tiene una oportunidad estratégica para propiciar una cultura distinta a mediano y largo plazo mediante de renovación de la mente y el corazón, con el poder de la Palabra impartida en comunidad y comunión.

Después de todo, la educación bíblica no consiste simplemente en transmitir conocimiento, sino en acompañar a personas a vivir bajo la autoridad de Dios en todas las áreas de la vida. Esto implica enseñar a los creyentes que lo público es responsabilidad de todos, el bien común debe ser protegido y, la integridad personal impacta la sociedad.

Y aquí nace un desafío y oportunidad muy valiosa para la iglesia si toma en serio este enforque proyectos de cuidado de espacios públicos, adopción comunitaria de parques o escuelas, veedurías ciudadanas, reflexión sobre el pago responsable de impuestos y, educación sobre participación democrática.

La transformación cultural requiere la participación de la comunidad cristiana en esos espacios públicos entre otros, porque cuando los ciudadanos participan activamente en el cuidado del bien común, se fortalece la cultura de integridad.

Existen varios obstáculos importantes la normalización de la corrupción la desconfianza en las instituciones, el individualismo social y, falta de formación ética.

Pero también existen oportunidades significativas como la mayor conciencia ciudadana sobre los quehaceres con el otro, nuevas generaciones comprometidas con la justicia, la transparencia y la integridad, alianzas y redes cristianas que promueven todo forma de prevención del fraude y la corrupción y, relievar los avances en transparencia institucional.

Cuidar lo público es mucho más que una responsabilidad administrativa o política, es una expresión de mayordomía espiritual. Cuando los cristianos puedan comprender que el mundo pertenece a Dios y que somos administradores de lo que Él ha confiado a la humanidad, la relación con lo público cambia radicalmente. Los parques dejan de ser espacios abandonados. Las escuelas dejan de ser estructuras deterioradas. Los recursos públicos dejan de ser oportunidades para el abuso. La basura deja de ser arrojada a la calle. Se convierten en espacios de responsabilidad compartida.

El desafío para la iglesia es claro: formar discípulos que comprendan que la fe en Cristo transforma no solo la vida privada, sino también la manera en que participamos en la vida de nuestra sociedad.

El profeta Miqueas lo resumió de manera sencilla y poderosa: “El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios.” (Miqueas 6:8)

Una cultura que aprende a cuidar lo público está dando un paso hacia esa visión de justicia, responsabilidad y fidelidad que Dios espera de su pueblo.

Bibliografía

  • Lewis, C.S. Mere Christianity: una edición revisada y ampliada, con una nueva introducción, de los tres libros, charlas de radiodifusión, comportamiento cristiano y más allá de la personalidad. Harper San Francisco. ISBN 0-06-065292-6.

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