Mesa 3: Sociedad, comunidad y familia

Por: Miguel Toscano

“En todos los casos que ha habido corrupción política, siempre ha habido una empresa o un empresario implicado. Es una cuestión de concienciación a nivel global, de educación, ética, moral… Lo que percibo es que, antes, la sociedad era mucho más tajante con los casos de corrupción. Y ahora es verdad que estamos dando pasos para atrás.”[1] ¿La corrupción es solo cosa de políticos o también implica a las empresas? ¿Estamos bajando la guardia frente a los abusos de poder? La corrupción es el uso indebido del poder y de los cargos públicos o privados para conseguir ventajas o beneficios personales. Las formas más comunes de este problema son el soborno, el nepotismo y la malversación de fondos. No obstante, un análisis más profundo revela la presencia de una raíz estructural menos evidenciada: la avaricia, esta no se reduce al simple deseo de acumulación material, sino que constituye una forma de lealtad desordenada que privilegia el dinero y los vínculos de grupo cerrado por encima del bien común y del cumplimiento de la palabra dada.

En este que podríamos denominar un desplazamiento axiológico, el bien común se abstrae o se relativiza, convirtiéndose la promesa en un instrumento táctico cuyo cumplimiento queda subordinado a la conveniencia. Dicha lógica contribuye a la normalización del cálculo egoísta y, con ello, a la reproducción de prácticas corruptas iniciando un proceso generador de un círculo vicioso. La persecución de ganancias rápidas a expensas de terceros erosiona la confianza interpersonal e institucional. Las organizaciones se debilitan cuando sus integrantes priorizan intereses particulares o grupales (nepotismo). Asi, el ciudadano común, sometido a presiones de endeudamiento debido a las promesas de soluciones inmediatas, tiende a reproducir dinámicas análogas en escala reducida.

La reorientación de la lealtad exige la recuperación de dos referentes normativos: el bien común como horizonte colectivo y la palabra dada como compromiso vinculante. Tal reorientación no se alcanza mediante enunciados abstractos, sino a través de prácticas concretas que reconfiguran la relación de los sujetos con el dinero y el trabajo.

  1. Consumo responsable y ordenación de las finanzas familiares. El ámbito doméstico constituye un espacio prioritario de intervención. El consumo impulsivo y el endeudamiento excesivo refuerzan la avaricia al generar una percepción permanente de escasez relativa, que impulsa la demanda de ingresos extraordinarios. La adopción de un consumo deliberado -fundamentado en la distinción entre necesidades reales y deseos inducidos, en la priorización de la durabilidad frente a la novedad y en el rechazo del consumo ostentoso- disminuye dicha presión. De manera complementaria, la administración prudente de las finanzas familiares (elaboración de presupuestos realistas, práctica sistemática del ahorro y rechazo de créditos de consumo onerosos) favorece la autonomía económica. La ausencia de sobreendeudamiento amplía el margen de libertad para rechazar atajos ilícitos o éticamente cuestionables. De este modo, la estabilidad económica del hogar se configura como condición de posibilidad de la integridad, y no como fin autónomo.

2. Rechazo de las ganancias rápidas obtenidas a costa de terceros
La avaricia suele presentarse bajo la apariencia de “oportunidad”. Esquemas piramidales, formas agresivas de especulación, actividades que requieren ocultamiento de información o perjuicio a terceros, y modelos de negocio basados en la asimetría informativa prometen resultados inmediatos. Su rechazo no constituye ingenuidad, sino coherencia normativa. Cada elección que prioriza la ventaja propia mediante el daño ajeno refuerza la premisa de que el dinero justifica cualquier medio. La alternativa radica en la búsqueda de ganancias honestas y justas, entendidas como aquellas derivadas del valor efectivamente aportado, del riesgo compartido y del respeto a las reglas del intercambio. Este enfoque no elimina el lucro; lo sitúa en su función legítima como resultado del trabajo y de transacciones voluntarias, y no como botín.

3. Vinculación laboral con organizaciones que practican políticas de salarios justos
El ámbito del trabajo resulta decisivo. La inserción en -o la colaboración con- empresas que aplican salarios dignos, condiciones laborales transparentes y el rechazo explícito de prácticas depredadoras (extensión abusiva de jornadas, precarización sistemática, intimidación o retención indebida de remuneraciones) representa una forma concreta de lealtad al bien común. Cuando el empleador prioriza la dignidad de los trabajadores, se genera lealtad recíproca y se reducen los incentivos a la corrupción interna. El trabajador, a su vez, puede ejercer su actividad con mayor integridad, al no verse forzado a compensar por vías irregulares las carencias del sistema. La elección y promoción de este tipo de organizaciones -en calidad de trabajador, consumidor o inversor- constituye un acto de reconfiguración cotidiana de las relaciones de poder, orientado desde el grupo cerrado hacia vínculos más equitativos.

De la crítica a la praxis

Cuestionar la avaricia no implica la demonización del dinero ni la idealización de la escasez. Consiste, más bien, en reconocer que la lealtad desordenada al capital y al círculo íntimo corrompe tanto las instituciones como las disposiciones morales de los sujetos. Su reorientación demanda disciplina reiterada: consumo moderado, administración prudente del hogar, rechazo de atajos lesivos para terceros y alineación con organizaciones que practican salarios justos y ganancias honestas.

Cuando estas prácticas se difunden, la palabra dada recupera fuerza vinculante, al consolidarse el hábito de preferir la coherencia al beneficio inmediato. El bien común deja de operar como mera consigna y se transforma en el resultado acumulado de lealtades reordenadas. En consecuencia, la corrupción halla un terreno menos propicio, en la medida en que su raíz -la avaricia entendida como lealtad desplazada- comienza a ser erosionada desde las prácticas cotidianas.

Bibliografía

  • Rose-Ackerman, S. Corruption and Government. 2nd edition,1999. Cambridge University Press.
  • Sampedro, José Luis. El mercado y la globalización. Telos: Revista de Estudios Interdisciplinarios en Ciencias Sociales, 2002.
  • Sandel, Michael J. Los límites morales del mercado. Revista Empresa y Humanismo. Editorial Debate, Barcelona. 2013.
  • Savater, F. (1991). Ética para Amador. Ariel.
  • Schor, J. B. (1998). The Overspent American.
  • Sen, A. (1999). Desarrollo y libertad. Planeta.
  • Smith, A. (1759/2004). La teoría de los sentimientos morales.
  • Tomás de Aquino. Suma Teológica. BAC.
  • Transparencia Internacional. Índice de Percepción de la Corrupción (informes anuales).
  • Wilkinson, R. y Pickett, K. (2009). Desigualdad. Turner.

[1] Echenique, Gonzalo. Experto en Compliance. https://open.spotify.com/episode/3vQBnLLDFaorz3waMSh0Ca?si=iEg9t64NQP2jeatxKPeYQA. Pódcast MAPA DE RIESGOS de @EALDEBS.

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